Ariel Dujovne: todos los días voy a dejar a mi hijo al jardín en cleta

Creador de El Paleterío nos cuenta parte su recorrido para llegar a su mejor fórmula

Por Myriam Salazar

Fotos Víctor Rojas

01_web“Mango, maracuyá, piña, frambuesa, limón con arándano, naranja-plátano, frutilla-albahaca, limón con sandía”. Responde Ariel  a una clienta sin repetir  ni equivocarse en el galpón Chacareros de la Vega Central.

 “Vengo de una familia de cinco hermanos, debo ser el único que tiene y anda en bicicleta. Mis viejos se compraron alguna vez en la vida una parcela de agrado en san Bernardo, que se supone era para los fines de semana y cuando estuvo lista quedó tan bacán que decidieron ir a vivir allá. Era una parcelación donde todos los amigos vivían muy lejos,  una vida bien rural, como lo que hoy es Calera de Tango. Todas las casa sin rejas, muy seguro,  donde entraba a la casa de mis amigos, sacaba algo del refrigerador y después veía si había alguien” recuerda Ariel.

En ese contexto rural la bicicleta es el medio más fundamental de transporte. “Los vecinos quedaban a distancias rápidamente pedaleables, no así caminando. Mi viejo nos mandó a hacer unas bicicletas a San Diego, nunca tuvieron ninguna falla. La mía estaba pintada como en degradé verde con negro, la de mi hermano iba del amarillo al azul. Alucinábamos con la pintura que era toda tecnológica y no tenían cambios. Después llegó la era de las bicis de montaña y mi viejo en vez de cambiarnos a una mountain bike le puso cambios a la misma bicicleta, en el colegio nos decían que eran unas “crosstan bike”, una bici cross pero con cambios”.

 

¿Recuerdas tu primera bicicleta?

Creo que previamente debe haber existido una bici con rueditas a los lados, pero mi primera bici, de lo que me acuerdo fue esa cross. Un día la bicicleta se hizo necesaria, ya éramos suficientemente grandes  y  mi viejo llegó con bicicletas para los 3 hermanos más grandes. La mía, la de mi hermano y una más de mina con canastito y rosada para mi hermana que era la tercera. No tuvo que ver con regalo de cumpleaños ni navidad, sino que las necesitábamos.

Luego del colegio vino la universidad y la vida en Santiago, “Nunca me gustó estudiar, lo hice porque había que hacerlo. Buscándomela trabajé de garzón muchos años durante la universidad y me di cuenta que mi inquietud iba más por ese lado. Traté de poner varios negocios que se cayeron por distintos motivos, todos relacionados con gastronomía. Quería poner un local como una juguería con sandwich naturales. Fue bien visionario porque eso lo quería hacer hace muchos años y hoy en día es un concepto que es muy común, de hecho es el segmento alimenticio que más crece es el de la alimentación saludable”.

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Uno de los proyectos exitosos de Ariel Dujovne fue un restorán, “El primer local que puse fue de comida india, nos iba bien pero me cansé de los horarios de trabajo, llegaba a las 12 del día y me iba a las 12 de la noche, quedé muy cansado”.

La bicicleta la retomó luego de dejar el restorán e instalarse en Santiago centro. “Salí del negocio y  empecé con las paletas. Me di cuenta que el helado tiene algo gastronómico pero con horarios más normales, digamos ningún heladero está a la 1 de la mañana en su local. Andar en auto en el centro es del terror, la bicicleta te permite mucha más libertad, que libertad. Velocidad porque  avanzas, vas hacia alguna parte y te mueves hasta esa parte, en auto es imposible”.

La comida y los helados

“Mi mamá cocina muy bien, cosas simples como lasaña de verduras o pollo a la cebolla increíble. No sé si es sibarita la palabra pero para nosotros cualquier reunión familiar siempre tuvo que ver con la comida. Para los cumpleaños no era “para dónde quieres ir” era “qué quieres comer” ni siquiera era el regalo lo importante, lo era la comida. Teníamos gustos súper evolucionados,  a los 4 años la comida favorita era comer ostras, que además sucedía muy poco seguido porque era caro”. 

Después del restorán hizo un mal negocio y volvió a trabajar de garzón. “Conocí a un tipo que vivió en Italia como 10 años. Allá descubrió el helado, que tiene un concepto mucho más que recreacional. Se enamoró de eso. Probé sus helados de fruta y le ofrecí comercializarlos.  Sentí que ahí había algo. Tenía de antes unos moldes de paleta profesionales, los helados de él eran los mejores que había probado, pero sentía que le faltaba algo relacionado con la portabilidad. Pensé en la misma forma de hacerlo pero en forma de paleta. Le conté mi idea al Álvaro, que a esas alturas ya éramos amigos, le conté mi idea de las paletas, armamos algunas fórmulas juntos. Me ayudó bastante aunque la fórmula final  la hice yo. Demoré unos 4 meses haciendo ensayos diarios en la casa con un freezer, los tenia a todos comiendo helado, muchos no quedaron buenos”.

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Buscando un punto de venta hace dos años llegó a la Vega Central donde en un carrito vende sus helados frutales, lo que le permite visibilidad en un mercado de constante movimiento.  “En esa época tenía una producción súper baja, muy casero, venía de 10 a 4, estaba un rato con mi hijo y de ahí me iba a producir hasta la 1am, todos los días. Hace un año arrendé una fábrica donde puedo producir mucho más. Trabajo mucho en auto, pero si tengo que ir a ver un cliente o hacer trámites voy en bici. Todos los días voy a dejar a mi hijo al jardín en cleta”.

Su hijo es el más feliz con El Paleterío “Antes sólo comía el de frutilla ahora sólo quiere el de limón-pepino-menta-jengibre y de vez en cuando me pide un cola de tigre jajaja.