Astrid Ljungmann: una argentina que recorre Santiago junto a Celina, su bicicleta.

Por Myriam Salazar

 

La arquitecta llegó a Santiago hace unos 15 años con la idea de fundar una revista, vivir cerca de la montaña y del mar.

Astrid es  la mayor de 8 hermanos y, por supuesto, en su casa había un montón de bicicletas. “Vivía en un lugar que se llama Acassuso, dentro de San Isidro, en Buenos Aires. En un costado de la casa se colgaba la ropa para secar y ahí también estaba el bicicletero, bajo techo, en donde se guardaban todas las bicicletas, la mía incluida. Buenos Aires es plano, pero justo en donde yo vivía hay una barranca que da al río ( Río de La Plata ), con calles que bajan a lo que hoy es el Tren de la Costa. En esa época estaba todo abandonado, así que nos escapábamos con mis hermanos a la aventura, que quedaba a solo 7 cuadras de mi casa. Me acuerdo ir con ellos en las bicicletas, bajando hacia el río, a toda velocidad, jugando carreras. Una vez uno de mis hermanos casi se mata, terminó todo quebrado en la clínica”.

“Recuerdo una bicicleta que me la deben haber regalado para una situación particular; era una Legnano de color rojo y de niñita, me acuerdo bien. Uno de mis hermanos tenía un Chopper que me parecía horrible. Tengo recuerdo de que las cosas me gustaban o no me gustaban, siempre me dio por lo estético”.

Desde pequeña mostró interés en las letras y ya desde el colegio escribía cuentos y en el periódico escolar.  “Mi profesor  de lenguaje quería ser mi mentor para que siguiera escribiendo, siempre estuve con ese tema. Pero también siempre me interesó mucho la estética, entonces entre lo que era mi curiosidad, mis ganas de escribir, de leer, de crear, al final terminé estudiando arquitectura en la UBA ( Universidad de Buenos Aires )”.

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Cuando estudiaba en la universidad no ocupaba mucho la bicicleta porque quedaba en un lugar de difícil acceso desde su casa. “Cuando me casé empecé a ir en bicicleta con quien fue mi marido, porque ambos éramos docentes y vivíamos en Palermo, que está más cerca de la facultad. Esa zona se inundaba cuando llovía mucho y recuerdo llegar a la universidad gracias a que íbamos en bicicleta. Siempre tuvimos bicicletas GT, porque nos gustaba el particular cuadro de esa marca. De repente íbamos al sur en auto, el destino que un porteño elige para estar entre montañas, cargábamos las bicicletas arriba, y una vez allá nos tirábamos por todos lados. Cuando íbamos a la playa, en la costa de Buenos Aires, también las llevábamos, eran parte del equipaje, siempre estaban ahí”.

“La arquitectura la ejercí un par de años pero por cuestiones de la vida me tuve que ir a vivir al campo y en el campo mucho para construir no había, entonces era mirar a las vacas y escribir. Así empecé a escribir.”

Para Astrid  autos y viajes van de la mano. Con quien fue su marido hacían muchos kilómetros de esa manera. Un amigo de ambos tenía una revista y le propusieron hacer contenido sobre todo tipo de vehículos. Así fue como empezaron a  testear y a escribir sobre autos, para después tener una productora desde la que ofrecían contenido a distintos medios sobre temáticas ligadas al rubro automotriz. Astrid le daba la mirada femenina. Comenzó a escribir cada vez más y se especializó en viajes y autos, en un mundo netamente masculino.

Pasaron los años, quisieron armar su propio proyecto editorial y se vinieron a vivir a Chile. “Nos dimos cuenta de que acá faltaban medios y había mucho por hacer, a eso se sumó  el tema del “corralito” en Argentina, finalmente todo encajó para venir. En esa época y estando acá, teníamos un auto clásico ( antigüo ) para movernos, el cual no podíamos usar de manera rutinaria. Entonces usábamos nuestras bicicletas, con ellas empezamos a recorrer Santiago haciendo picnics en distintas plazas y parques, los fines de semana”.

“Tuvimos una revista que incluía todo lo que a mí me gusta, desde viajes, hasta decoración, pasando por gastronomía, arquitectura, diseño, autos. Fue la primera revista de calidad de distribución gratuita que existió en Chile. Básicamente reflejaba mi “lifestyle”. Me gustan las cosas originales, de calidad, con trayectoria e historia, que tengan un cuento”. Con el tiempo y como le gusta innovar, se fue entusiasmando con lo virtual, con otras cosas.

El cambio

Luego de su separación quería hacer algo distinto. Le hacía ruido lo que hacía con lo que quería hacer. “Las cosas pasan por algo. Dejé la revista y me volqué al mundo virtual. Ahora me dedico a hacer contenido para distintas plataformas y a crear sitios web de manera integral, poniendo énfasis en el contenido, sobre todo para pequeñas y medianas empresas, las cuales por cuestiones presupuestarias y desconocimiento tienen una presencia online ineficaz”.

Los distanciamientos y los cambios abruptos trajeron complicaciones emocionales. “Instintivamente busqué algo que me salvara, fue ahí cuando encontré la bicicleta. Por eso yo a la gente le digo: cuando tenés un shock, algo que realmente te tira, buscá algo a lo cual aferrarte, que te mueva, que te lleve a estar activo. Un día estando en mi casa, la vi afuera, tenía el sillín roto, y a pesar de que vivía a la intemperie, estaba impecable. Decidí empezar a pedalear, pero tenía un problema: no hacía ejercicio desde hacía mucho tiempo, no podía correr ni a la esquina, a pesar de haber sido atleta de chica. Por eso comencé de a poco. Me iba al Parque Bicentenario y hacía una vuelta –hoy me río cuando me acuerdo-, porque no daba más. Con el paso de los días fueron dos vueltas, después tres y ejercicio en las máquinas. Hasta que me aburrí y empecé a pedalear hasta el final de Escrivá de Balaguer. Llegaba hasta un punto, después iba más allá. Quise subir el San Cristóbal, primero lo hice parando en el medio, después sin parar. Hasta que un día dije ¿por qué no usar la bici para ir a todos lados?”.

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La bicicleta para Astrid tiene una gran importancia, ya que ha pasado por distintas etapas de su vida y cumple varias funciones. “Aunque suene loco, a todos les digo que me salvó la vida, porque de alguna manera permitió que me ordenara en un momento muy difícil, fue mi terapeuta full. Después la empecé a usar como medio de transporte. Y finalmente, como compañera de paseos. Con el tiempo entendí que usar una bicicleta trae un montón de beneficios, físicos, mentales y emocionales, y que también te lleva a ver la vida y lo que te rodea de otra manera, a otro ritmo. La bicicleta me reseteó la cabeza, totalmente”.

Ahora sube el San Cristóbal todo el tiempo porque le encanta llegar arriba, ver Santiago desde ahí, ver atardeceres maravillosos, y tomar un mote con huesillo. “Lo probé por primera cuando llegué a la cima en bici, me encantó y ahora es mi objetivo cada vez que subo. Finalmente, además de hacer esto, quise seguir haciendo otras cosas con la bicicleta”.

Astrid tiene un desarrollado gusto por el arte y la estética. En su redes sociales lucen hermosas fotografías de sus paseos en bicicleta, donde ha logrado reunir imágenes de su bicicleta Celina posando en innumerables obras de arquitectura y muralismo capitalinos.

_MG_7801-web“Un día, hace algo más de dos años, salí de paseo en bicicleta, para pedalear simplemente, disfrutando de la ciudad. Finalmente mis paseos se convirtieron en una especie de búsqueda, sin rumbo fijo pero sí con un objetivo. De alguna manera me fui especializando y buscando cosas concretas, que tengan que ver con el arte urbano, con la historia de la ciudad, sus barrios. Por ejemplo, el fin de semana pasado me fui a buscar un mural de un artista que me encanta, Dasic Fernández, que queda en San Joaquín. Nunca había ido a esa comuna en bicicleta. Como pensé que el mural estaba en otro lado, pasé primero por el barrio Yungay. En el camino me di cuenta que me había equivocado. Pero como mi objetivo era encontrar ese mural, seguí adelante hasta encontrarlo. Di muchas vueltas, me perdí y, aunque tarde, pude llegar para admirar esa magnífica obra que está en un muro de la Fábrica Patio Outlet. Lo divertido es ver como de dar solo una vuelta por el Parque Bicentenario terminé haciendo toneladas de kilómetros por la ciudad”.

Para involucrarse más con el medio virtual comenzó a tomar fotos de la bicicleta en distintas situaciones y a subirlas a sus redes sociales. Uno de sus contactos le sugirió ponerle un nombre a la bicicleta, ya que tenía mucho protagonismo. Así surgió un concurso para bautizar a la GT. “Me encantó la idea, porque era como confirmar la entidad de la bicicleta. Me llegaron un montón de nombres y me quedé con 3 finalistas, entre los cuales elegí Doña Celina. Me imaginé a la bici como si fuera una persona, una señora segura por la cantidad de años vividos, con arrugas en forma de marcas, atemporal, y consideré que ese nombre estaba a la altura de su personalidad. El nombre derivó en Celina, y después le puse Labici, como si fuera un apellido, para que se entendiera que es una bicicleta cuando la nombro. Ahora todo el mundo sabe de ella”.

“La bici logra un montón de cosas, no solo ayuda al medio ambiente por ser un medio de transporte sustentable, si no que te inserta en el contexto, estás con la piel en contacto con lo que te rodea y te das cuenta de lo que pasa a tu alrededor, estás más atento a los detalles, lo que hace que vayas por la vida apreciando lo que te rodea, que vayas por la vida a otro ritmo. La bicicleta te humaniza”.

Astrid Ljungmann sigue recorriendo la ciudad mientras prepara el pronto lanzamiento de su sitio web.

Celina Labici será parte de este proyecto?

La bici estará, porque es parte de mi estilo de vida. Pero no quiero aleccionar a nadie, de hecho mi combinación ideal es auto para viajar, ojalá eléctrico, y bicicleta para andar por la ciudad. Simplemente me quiero mostrar tal cual soy, demostrar que se puede ser vital y que eso se lo debo, en gran parte, a la bicicleta. Desde ese enfoque pretendo mostrar maneras de disfrutar la vida, de pasarla bien, a través de experiencias, datos, en las ciudades de Santiago y Buenos Aires, y a partir de cosas lindas, porque la estética para mi es importante. Celina Labici seguramente me seguirá acompañando acá en Santiago, habrá que buscar una bici que me acompañe en Buenos Aires. Y el día que no pueda seguir el ritmo sobre una bicicleta, me subiré a una eléctrica.