Ciclista Patrimonial

 

Por Francisco Aravena Solar @artofspika

Licenciado en Historia, restaurador patrimonial y ciclista.

 

Hay una visión de patrimonio que considero transversal y vital para nuestra sociedad, esa visión consiste en una ciudad integrada en su movimiento diario, y en su movimiento histórico.

Sus distintas fases y construcciones una sobre la otra, en oposición, o corriendo en la misma dirección. Pero para todo es necesario tener una visión esclarecida del comportamiento del hombre en sociedad, la sociedad en su ciudad, y ambos vistos en una perspectiva dinámica.

Recorremos la ciudad de distintas maneras, a veces con nuestra mente, a veces con nuestros cuerpos. Es aquí donde comienzo a hablar de un recorrido lleno de maravillas y vaivenes, en donde principalmente nos movemos físicamente, pero nuestra mente va un poco más adelante, tratando de anticipar movimientos, trazado distintos vectores, pero también absorbiendo con todos nuestros sentidos los estímulos del medio.

El olor de los escapes de los autos mezclado con el del polvo y la tierra húmeda en el invierno; el cambio de temperatura de nuestros cuerpos desde un tibio desayuno en casa, a un frío inicio de cabalgata hacia nuestros destinos, al que llegamos siempre acalorados y con el espíritu lleno, sintiéndonos como guerreros legendarios que se abren paso por la ciudad.

Primero el estudio y luego el trabajo. Cuando comencé a darme cuenta de que era necesario un cambio en la forma de moverme, fue como el inicio de muchos ciclistas, intentar ahorrar o dejar algo de dinero para divertirme el fin de semana.

Comencé a ir en bicicleta a la universidad desde primer año hace ya ocho, y recuerdo muy bien ese momento de transición en el que la querida bicicleta deja de ser un elemento recreativo para hacer algunos trucos con tus amigos, o dejar largas estelas de frenado en el pavimento. Fue algo que nació meramente desde lo funcional, pero que me fue entregando tanta buenaventura que pasó a convertirse en una buena compañera.

Mi bicicleta de esos tiempos era una mountain bike aparatosa y pesada como carreta de feria. Muchas veces se hacía algo complejo el cruzar la ciudad para llegar a tiempo a clases, pero lo hacía, siempre lo hacemos. Ese pesado caballo me significó no gastar en transporte público, mejorar mi condición física, que por esos años se veía muy afectada por una lesión de ligamento cruzado anterior en mi rodilla izquierda.

 

 

Pero, independiente de todas esas cosas que uno siempre escucha de la gente que ve desde fuera al ciclista urbano: “bajarás de peso, tu salud mejorará considerablemente, te entrega mejor calidad de vida, etc.”. Hay algo que la bicicleta me entrega y lo veo reflejado en muchos compañeros que veo en la calle, en algún semáforo esperando la verde o una brecha en el espacio tiempo para hacer un cálculo rápido y pasar, cálculo a veces erróneo… y es esa mirada del tigre, la emoción de ir sentado en un par de fierros creyéndonos los dueños del mundo, es por algo muy hermoso, creo que la bicicleta nos trae al mundo real, nos reconecta, nos entrega esa sensación de estar muy presentes en nosotros y de sentirnos muy presentes en el espacio de la ciudad.

Es muy distinto ser peatón a ser ciclista, el peatón va a un ritmo y por lugares en los que siento que es como ver un concierto desde un lugar lejano y con asientos, se pierde mucho de la emoción de lo que es estar en primera fila, en las trincheras esquivando las balas y a veces salir herido.

Esa a veces fricción con el peligro es la que nos hace estar cada vez más conscientes de nuestro espacio urbano, con más práctica y conciencia, eso es respeto.

Ese estado de respeto mutuo y de pasión por ese avance intrincado que significa pedalear por Santiago, es lo que me hace amar el andar en bicicleta diariamente por la ciudad. Partió en esos primeros años de universidad, y sigue más fuerte que nunca años después, para ir al trabajo y donde sea.

Así como cuando terminas un ciclo y comienzas otro, y se abren todas esas ventanas en tu cabeza, me pasó en mi relación con las bicicletas luego de terminar mis estudios. Hace unos años tuve la suerte de conocer algunas ciudades fuera del país, un poco por placer y mucho por el gusto de aprender.

Fui a hacer una especialización en restauración patrimonial a la hermosa Florencia en Italia. En ella me vi por primera vez perdido (literalmente) en una ciudad con una estructura completamente distinta a nuestro querido Santiago. Una ciudad conformada desde la fortificación, desde los muros de contención en su casco histórico, y distintas áreas conformadas como nuevos barrios amurallados que se fueron anexando a la ciudad “original”, hasta que en un momento el paradigma cambia, las grandes invasiones, plagas y pestes dejan de asolar la región. La tecnología y la conectividad entre rutas hace que los muros ya no sean necesarios, y en donde la ciudad primero se estructura como un bastión difícil de penetrar, ahora se conforma como un núcleo integrador, el cual nos invita a recorrer sus vías.

Poco antes de viajar compré una bicicleta de una velocidad, la más barata y funcional que encontré en el mercado, ya que estaba cansado de las mountain bikes, lo costoso de sus repuestos, lo medianamente complejo de las mantenciones, y el peso principalmente. Así comenzaba mi hermosa relación hasta estos días con el piñón fijo.

Me atreví al cambio, pero pronto ya quería más, y anteponiéndome a mi viaje busqué algunas tiendas de bicicleta en Italia para lograr comprar una joya, una bicicleta no solo funcional, rápida y liviana, buscaba eso que hiciera que el andar en bicicleta pasara de ser un acto de desplazamiento a una experiencia épica, esos momentos en los que haces algo y estás tan cerca del cielo que te preguntas “¿por qué no hice esto antes? ¡podría hacerlo todo el día!”. Un día luego de llegar al aeropuerto Leonardo Da Vinci fui a una de las tiendas que había revisado anteriormente para encontrarme con mi bella ragazza. Apenas la vi me encantó, y cuando la monté supe que eso era lo que necesitaba, lo que siempre busqué en una bicicleta y nunca había experimentado. Por un momento sentía que los dioses me sonreían y yo volvía a ser un niño montando su primera bicicleta.

La bicicleta, aquella en particular, una Cinelli Mystic me entregó tanta satisfacción, que comencé a ir por más nuevamente. Ya no era solamente moverme por la ciudad y tener una alternativa de transporte libre y gratuita para recorrer las calles, ahora me sentía con el poder de viajar y recorrer largas distancias. Comencé a planear mis primeras salidas de día completo, 200 kilómetros para recorrer un fin de semana en la mañana y luego volver a descansar al hotel, para el lunes contarle a mis compañeros la hazaña.

Esto solo fue una escalada, los viajes que al principio eran de Florencia a Pisa o a Tirrenia, un símil de ir de Santiago a Lo Vásquez, comenzaron a expandirse, necesitábamos nuevos horizontes y había todo un hermoso continente que recorrer. Me propuse ir de Florencia a Roma ya terminando mi estadía en la Escuela de Artes, y desde ahí tomar un avión a Ámsterdam, para luego llegar a casa de una amiga en Haarlem, unos 80 kilómetros al oeste de la capital.

Las aventuras no paraban, Haarlem/Bruselas, Bruselas/Brujas, Brujas/Liverpool, y de vuelta el desafío mayor, Haarlem/Berlín. No solo la experiencia de ir en una bicicleta y poder detenerte cuando quieras, observando todo en tu entorno mientras pedaleas, cosa que puedes hacer sin ningún problema dada la calidad de sus ciclovías, todo eso te anima más y más.

Volví a Chile con una visión distinta del como andar en bicicleta y de cómo observar la ciudad. Siendo restaurador patrimonial, me preocupo del estado de nuestros elementos patrimoniales, pero nuestra cultura y la forma de vivir que tenemos en Santiago hace que no nos preocupemos de lo que tenemos alrededor. Muchas veces caminamos muy ensimismados, y poco observamos nuestro entorno, vamos apurados a nuestros trabajos por tener una jornada laboral larga, monótona y agotadora, y debido a eso poco podemos disfrutar de nuestro entorno, de nuestras relaciones con el otro. Poco observamos de nuestro espacio circundante y poco nos preguntamos por él.

Andar en bicicleta para mí significa ir libre de mente y libre de un sistema de transporte público de mala calidad que nos han impuesto y que también al que nosotros no hemos sabido oponernos ni rechazar. Somos tan reticentes al cambio, a innovar, que muchas veces esperamos a que otro lo haga por nosotros.

Es tanta la gente que tiene miedo de subir a una bicicleta, y sí, se entiende, por el actuar prepotente de muchos que adelantan, sobrepasan, insultan por la ventana o tiran el auto e incluso la biciclerta encima. Esa imprudencia me hizo perder a mi amada ragazza, la imprudencia de un chico sin licencia de conducir y con unos tragos de más, que al abrir la puerta de su auto estacionado en una avenida en pleno flujo provocó un doble accidente con tres involucrados en el que yo saqué la peor parte. Lesiones crónicas, un par de meses de licencia y perder a mi compañera fiel. Ya ha pasado un tiempo de aquello, hay una nueva compañera que me acompaña en mis días, he aprendido a pedalear con mis dolores y en base a esa experiencia mantengo los ojos en la espalda y 7 sentidos para moverme en la bicicleta.

Nos hace falta educación vial, una política y un comportamiento basado en el respeto mutuo, y en el cómo esas pequeñas cosas significan construir un lugar mejor para nosotros y para nuestros hijos.

Hay un concepto en la geografía humana que siempre me hizo un fuerte eco, el concepto de espacio geográfico, que es todo aquello que nos envuelve, lo geográfico per sé, pero también lo político y nuestras relaciones, todo en movimiento. Parte de nuestro espacio geográfico también son las relaciones que establecemos con las personas y los lugares, el cómo nos desarrollamos en ellos y el cómo los intervenimos.

El cómo nos movemos también es una parte vital de este concepto, y evidentemente la bicicleta lo refuerza aún más. Nos movemos en bicicleta, terminamos evangelizando a las personas que tenemos a nuestro alrededor, terminamos haciendo buenas migas e incluso grandes amistades con nuestro dealer de repuestos y tiendas, generamos toda una inacabable batería de cultura urbana en base a las dos ruedas. Todo lo que rodea a la bicicleta es una hermosa construcción llena de posibilidades que cambian nuestra perspectiva.

Soy restaurador, pero nunca me había fijado tanto en el patrimonio de mi ciudad y de las ciudades que he visitado antes de subirme a una bicicleta. Nunca me había dado el tiempo de mirar a la distancia y observar, detenerme, sacar mi cámara y tomar unas fotos, compartirlas en las redes sociales y generar aún más conexión con la gente, a través de mi visión he notado con el pasar del tiempo que es compartida por muchos.

Nos perdemos de grandes cosas en nuestro entorno, y eso en parte es por tener un velo en nuestros ojos que no nos permite ver más allá de lo que nos ofrece el ritmo rutinario del sistema. Para salir de eso primeramente es asumirnos como personas que están insertas en un sistema, en el cual algunos nos sentimos oprimidos, otros son oprimidos y no lo ven (dominación sensual según Bengoa), otros gozan de las bondades del pertenecer. La conciencia de dominación es algo tan clave que nos hace quitarnos ese velo y criticar, comenzar a criticar para generar cambios. La bicicleta en este sentido creo que cumple una labor tan hermosa, es un motor para la liberación, un motor de energía y capacidad ilimitada en donde el combustible eres tú y tu visión de mundo.

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