Ley de convivencia vial, ¿quién se preocupa de las mujeres?

Por Evelyn Vicioso Moyano

Socióloga, urbanista y conductora de Biciosas #MujeresAlPedal

 

El día 11 de noviembre entró en vigencia la nueva Ley de Convivencia Vial que contó en su elaboración de organizaciones y colectivos ciclistas. Desde la comunidad bicicletuda se realizaron recomendaciones para la seguridad de peatones, ciclistas y automovilistas.             

El espíritu del proceso participativo fue comenzar a respetar el Derecho a la Ciudad tanto de personas individuales como colectivos de habitantes. Donde el territorio es considerado como un espacio de ejercicios y garantías de los derechos de todes. Pensar desde el enfoque de derechos, o como hace pocas semanas relataba Jan Gehl, desde la escala humana, es asegurar la distribución y los beneficios equitativos, universales, justos, democráticos y sustentables de los recursos, servicios, bienes y oportunidades que ofrecen las ciudades.

Santiago, donde crecí y vivo, siempre está al debe en asegurar el derecho a la ciudad de manera equitativa. Es más, con el avance inmobiliario, se ha convertido en una ciudad donde su calidad de vida empeora y quita tiempo valioso a sus ciudadanos y ciudadanas.

En este sentido, la entrada en vigencia de la Ley era una oportunidad de invitar a compartir las calles y nuestros espacios públicos disminuyendo la velocidad de los automóviles. Invitando a ciclistas a tomarse las calles y bajarse de la vereda.

En una ciudad que tenía todo en contra, mala calidad de ciclovías, mala iluminación y privatización del espacio público se lograba llegar a un 4% de los viajes diarios cuando la inversión en infraestructura no superaba el 1% del presupuesto de transporte.

Estaba convencida que era una buena ley,  y que sin proponérselo invitaría a más mujeres a comprometerse con el vehículo del futuro. Hoy somos sólo un 27% según datos de la Encuesta Origen Destino de SECTRA (2012) y la principal barrera es la inseguridad vial y el acoso callejero que nos enfrentamos día a día. En una sociedad patriarcal como la nuestra, a las mujeres nos cuesta ganar espacios de seguridad.

Si revisamos algo de historia, la bicicleta desde el siglo XIX es un símbolo de libertad para las mujeres  y muchas veces estuvo asociada a movimientos sufragistas que permitieron que hoy podamos votar y participar en política. En diferentes momentos de la historia recorrer distancias de manera rápida y casi sin gasto mejoraba las condiciones desiguales de la economía de las mujeres.  

Las ventajas del vehículo del futuro tienen que ver con ganar tiempo libre y mejorar los índices de salud. En ambos las mujeres estamos en una situación de inequidad.

Pedalear suponía todo un desafío ya que los hombres lo consideraban poco decoroso, peligroso para la unidad familiar y hasta argumentaban que podía causarles daños físicos, principalmente a la perdida de la virginidad. Hoy la promoción del automóvil y la fiscalización de recomendaciones que nada fomentan la bicicleta complica el panorama de las mujeres. Se establece un espacio inseguro además desde la institucionalidad y la obligación de bajarse a la calle sin fiscalización a automovilistas.

La bicicleta es una forma de desafiar a la sociedad machista del siglo XX. Hoy, que se presenta como un vehículo amable con el medioambiente y por ende debiese ser el motor de un cambio cultural que permita compartir nuestras calles a los ritmos que proponemos las mujeres. Pensando en nuestro entorno y nuestros afectos diarios. Privilegiando la seguridad y el espacio compartido con peatones y automovilistas.

Según Susan B. Anthony, líder estadounidense por los derechos civiles, la bicicleta era el objeto que más había contribuido a la emancipación de la mujer. Y parece que en los tiempos de fiscalizaciones y multas que estamos viviendo, nuevamente tenemos la oportunidad de utilizarla como un medio de emancipación cultural en nuestras ciudades.

Así como  las mujeres de países como Afganistán, Arabia Saudí o Irán siguen luchando por un derecho tan básico como es montar en bicicleta. En Chile tenemos el desafío de mejorar nuestra convivencia vial que invite tanto a hombres y mujeres de distinta edad a compartir el espacio público. Que es de todes y donde construimos una sociedad del siglo XXI. Segura, amable y a escala humana.

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