Un viaje de 120 kilómetros sin más que la fuerza de nuestras piernas

Por Hernán Torres

 

01-webLo había postergado por mucho tiempo y hoy por hoy, casi que no eres ciclista urbano si no has hecho el viaje al menos una vez en la vida, (yo no estoy muy de acuerdo con eso, pero es lo que se dice) por lo que nos pusimos de acuerdo para ser partícipes de este “ritual ciclista” y lo digo de esa forma, porque más allá de las creencias religiosas que uno tenga, no deja de ser un ritual con todas sus letras y con todo lo que implica este viaje.

Para mí sería muy especial, porque además de ser mi primera vez, también era la despedida de un gran amigo, que vuelve a su país (Giovanni Ruiz) la despedida de otro amigo que se va al sur a vivir (Juan Bustos) y la primera vez de otro amigo que a diferencia de los anteriores, lleva muy poco tiempo en nuestro país (Edwin Guevara), también porque quería disfrutar está experiencia en piñón fijo y quería hacerlo en ese formato como un desafío personal (a pesar de que todos me dijeran que no era recomendable hacerlo en ese tipo de bicicleta), así que me puse a hacer todas las investigaciones de rigor, leer relatos de experiencias, seguir los consejos de los grupos de Facebook, hacerle la mantención necesaria a la bicicleta, comprar luces de repuesto, alimentarse bien y pedalear, por sobre todo pedalear, si bien, estoy más que acostumbrado a hacerlo, sabía que se trataría de varias horas montado en la bicicleta y la verdad es que nunca había estado más de dos horas encima de ella.

Hasta que llego el día, las horas previas se me hicieron eternas, la ansiedad me envolvía. Habíamos quedado de juntarnos varios amigos de la agrupación “Indepecleta”, en las cercanías de nuestro territorio, para así luego encontrarnos con otros amigos en Plaza Brasil; en ese momento no dimensioné la importancia de ir en un grupo y lo que significaría, para la experiencia. Ya a eso de las 10 de la noche, comenzamos el viaje, pasamos por el contador que hay en la plaza Brasil a modo de señal de que somos muchos los que usamos la bicicleta como medio de transporte y dejar testimonio de que realizaríamos un viaje de 120 kms sin más que la fuerza de nuestras piernas.

Fue muy grato para todos, el ánimo que nos iba dando la gente, ya sea los peatones, automovilistas y conductores del transporte público. “Que les vaya bien, vayan con cuidado, que lo disfruten, adelante compañeros” eso me impresiono demasiado y fue señal de que sería un viaje inolvidable.

 

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Al momento de entrar a la carretera lo impresionante fue ver un mar de luces rojas parpadeando al unísono y la cantidad de personas que se iban sumando a esta travesía ya sea en bicicleta o a pie, todos compartiendo una carretera solo para la energía humana. Habíamos predefinido el primer punto de encuentro un par de kilómetros más adelante, cosa muy importante, porque al momento de entrar a la carretera la energía acumulada se dejó sentir y fue como un gran estallido de velocidad y gritos de la gente como dando el punta pie inicial a lo que sería toda esta aventura. Al encontrarnos en el primer punto y luego de haber bajado la euforia de los primeros metros, nos pusimos de acuerdo ya para encontrarnos en el segundo punto y comenzar el pedaleo, ya no con tanta euforia pero si muy animados. Al llegar al segundo punto esperando para reunirnos y no dejar a nadie atrás, fue momento de los últimos chequeos, (quizás pasar al baño y tomar un poquito de agua), las últimas fotos y avisar a las familias que ya comenzaba lo realmente duro.

 

05Al llegar al tercer punto, fue momento de abrigarse, algunos amigos que iban más adelante avisaron que al salir del túnel la cosa se ponía muy fría, por lo que nos abrigamos, liberamos un poco de peso y nos introducimos a este tubo largo que nos recibía con una voz medía distorsionada que balbuceaba algo como “Mantenga la pista derecha” o algo así. Al salir, era verdad el frio como que nos caló los huesos y esa bajada que parecía interminable, no me pareció muy grata, iba en piñón fijo, por lo que me pareció muy arriesgado soltar los pies para disfrutar el primer regalo que nos brindaba la ruta y la verdad es que no me parecía simpático ser partícipe de un accidente, hasta ese momento había mucha gente a mi alrededor, así que por un tema de prudencia fue mejor que así lo fuera. El resto del camino me pareció bastante normal. Paramos para reunirnos todos, tomar un poco de agua conversar sobre lo fría que había sido salir del túnel y lo entretenido que fue la bajada (al menos para ellos) coordinar el siguiente punto de encuentro y los más experimentados ponernos al tanto de que se venía el segundo túnel y que la cosa se pondría bastante difícil. Dicho y hecho, porque esa subida a la cuesta zapata, creo que la recordare por el resto de mis días.

 

04Casi como un acto de darnos ánimos o bien uno de los chistes más negros de la vida, en una orilla, había un tipo alentándonos con micrófono con la música de las películas de Rocky diciéndonos que ya quedaba poco y que habían como diez más de esas subidas. Debo reconocer que un poco después de la mitad de la subida tuve que bajarme de la bicicleta y seguir hasta el túnel caminando, no me sentí mal por haberlo hecho, puesto que nunca para mí fue una carrera y habían varios como yo, llegando en las mismas condiciones. Ya llegando al túnel fue el segundo regalo, un momento de necesario descanso. Ya no nos recibía esa voz como sacada de la profesora de “Charlie Brown”. Las piernas ya estaban un poco adoloridas y el sillín ya empezaba a hacer estragos en mi fisionomía, por lo que decidí que a la salida del túnel soltaría los pies y me entregaría al disfrute de esa tan anhelada bajada. Note al bajar que la gente ya no iba tan efusiva y fueron solo un par de gritos disfrutando la velocidad. Luego de la parada de rigor, pasamos a comer y a beber ese tan ansiado consomé que suelen vender las personas de la zona, con la fiel idea de no parar hasta llegar a Lo Vásquez. A lo lejos se podía divisar esa larga hilera de luces rojas parpadeantes que subían y bajaban, desalentándonos un poco a los que íbamos más cansados, pero esa es la gran ventaja de ir con amigos, el ánimo y el aliento que estos te entregaban. Ya al llegar a Lo Vásquez pude ver esa feria persa kilométrica, decidimos no parar ahí porque se perdía mucho tiempo, para algunos era la meta, para nosotros era la señal de que faltaba poco y eso ayudaba a tener más ánimos para seguir. Desde ahí un par de subidas más que hacían flaquear los ánimos, pero ya a esas alturas no se sentía mucho, más que la fina garuga que se dejaba caer y empañaba los lentes. ¿Cuánto falta? Me preguntaba Álvaro (un chico que conocimos en la ruta y que venía de visita a su país natal después de una larga estadía en Francia, donde se desempeña como músico) –No lo sé conteste, intento mirar los letreros pero ninguno dice nada- 18, faltan 18, no sabía bien si era muchísimo lo que quedaba o era poco, para mi esos 18 kilómetros, a esas alturas ya se me hacían eternos, las piernas no las sentía y lo único que quería era llegar y dormir, solo dormir. Ahí fue cuando mi amigo Gio en una actitud de gran amistad, empezó a empujarme para hacer menos pesado lo que quedaba, ya queda poco, ya queda poco (me daba ánimos) y se lo agradezco muchísimo, porque si no fuera por eso, quizás hubiese tenido que parar otra vez más y a esas alturas eso ya no era opción. Ya cuando empezó a amanecer venia quizás el último regalo de la ruta, una bajada muy larga con un letrero al final. “Bienvenidos a Valparaiso” rezaba, ese letrero que había visto muchas veces en refrigeradores y postales, ahora era más que eso, era la meta, el regalo final.

Luego de esperar para la foto de rigor, con todos los amigos que iban llegando uno a uno, puedo decir que logré realizar ese tan esperado Ritual Ciclista, que para muchos es un gran acto de fe y para otros, es un acto de fe con uno mismo.

Una tremenda fiesta (y quizás la única en el mundo) del ciclismo urbano que permite por al menos una vez al año disfrutar solo para la energía humana 120 km de bondades y regalos que está carretera te logra ofrecer.

¿Lo vuelvo a hacer?

¡Sin lugar a dudas!

(pero en otra bicicleta).

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