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Un chaleco para la galería

Por Mesa de Ciclistas Parquemet

Fotos: Yonatan Lagos

Hace un par de semanas, un ministro escribió un tuit. No firmó un decreto ni presentó un estudio. Escribió un tuit y anunció que desde diciembre los ciclistas que quieran subir el cerro San Cristóbal deberán inscribirse y usar un chaleco con código identificatorio. La razón: poder multar a quienes no respeten las reglas.

La escena es perfecta. Hay un villano (el ciclista que va demasiado rápido), hay víctimas que nadie se atreve a discutir (niños y adultos mayores) y hay un objeto para la foto: un chaleco con número, como los de las competencias o, más precisamente, como los de una institución penitenciaria. Todo cabe en la pantalla de un teléfono y desde ahí puede saltar a matinales y noticieros.

Lo que no cabe en el tuit es el análisis.

Al cerro suben cerca de dos millones de ciclistas al año. Los accidentes registrados son una fracción muy pequeña y buena parte corresponde a caídas en solitario, sin peatón involucrado. La propia administración del parque ha advertido que esos registros no permiten atribuir automáticamente los accidentes al exceso de velocidad, lo cual no es un matiz menor: la velocidad no explica por sí sola la accidentabilidad. También importan la experiencia del usuario, la señalización, y el diseño y estado de la infraestructura.

Ninguno de esos factores se corrige con un chaleco. Una curva mal diseñada o mal señalizada sigue siendo peligrosa, tenga el ciclista un código en la espalda o no.

Hay más. Según antecedentes del propio Parquemet, los accidentes y las atenciones de emergencia han ido disminuyendo, sin que se haya aplicado ninguna de las medidas ahora anunciadas. Es decir, lo que ha resultado exitoso para el Parque (trabajo en terreno, fiscalización existente, medidas de convivencia, mejoras en la señalética y colaboración con los usuarios) prácticamente desaparece del diagnóstico del ministro.

Cuando una medida nueva se presenta como respuesta a un problema, lo mínimo esperable es que explique qué problema resuelve, con qué evidencia se identificó y por qué es mejor que las alternativas disponibles.

Nada de eso aparece en el tuit.

Tampoco sabemos qué otras opciones se evaluaron, y las hay: intervenir los puntos críticos, mejorar la señalización, controlar la velocidad, instalar radares de referencia, reforzar la infraestructura o desarrollar campañas de educación y convivencia. No parece conveniente realizar estos anuncios sin revisar la experiencia internacional sobre cómo gestionar la circulación de bicicletas en parques y espacios compartidos.

Los registros obligatorios para ciclistas merecen examinarse con especial profundidad antes de presentarlos como solución. En los pocos lugares donde se probaron se abandonaron por ser costosos, inviables, inefectivos o por el desincentivo al uso de la bicicleta. Si esa evidencia fue considerada, sería interesante saberlo. Si no lo fue, también.

Los académicos tienen una palabra para este fenómeno: “politainment”, la política convertida en espectáculo, en entretenimiento. No se necesita que una medida sea la más eficaz para que funcione comunicacionalmente. Basta con que sea fácil de explicar, fácil de compartir y fácil de visibilizar.

Y un chaleco con código se ve de maravilla.

Esto no significa negar que haya problemas de convivencia vial. Cualquiera que haya subido el cerro un domingo sabe que hay sectores complejos, y los propios ciclistas han expresado su acuerdo en fiscalizar el exceso de velocidad y las conductas imprudentes.

Pero una cosa es hacerse cargo de un problema y otra muy distinta es actuar como si uno se hiciera cargo. Lo primero exige medir, comparar alternativas, intervenir donde existe un riesgo concreto y evaluar los resultados. Lo segundo exige una medida que quepa completa en un tuit.

La Mesa de Ciclistas lleva más de un año trabajando con la administración, buscando soluciones por invitación de Parquemet. Sin embargo, sus integrantes se enteraron del registro obligatorio y del chaleco como toda la ciudadanía: por las redes sociales.

Esta es una forma de gobernar que difiere sus costos: se ahorra la conversación con quienes conocen el problema y se paga después, cuando la medida se encuentra con la realidad.

Y la realidad no tardó en aparecer. Ante el rechazo transversal, el diagnóstico empezó a ajustarse sobre la marcha: ya no serían todos los ciclistas, sino quienes practican enduro y descenso, disciplinas que el propio ministro confunde, siglas incluidas. A ellos se les atribuyen carreras clandestinas, árboles cortados para armar rampas y cruces por “zonas de camping”, con afirmaciones que no resisten verificación y denotan ignorancia sobre la realidad del deporte en el Parque.

Incluso si el problema fueran unos pocos individuos de ese grupo acotado, tampoco se entiende por qué la solución es inscribir y marcar a todos. Menos cuando ya existe una alternativa concreta: la Mesa de Ciclistas hizo llegar una propuesta formal para pilotear el programa “Anfitriones del Cerro”, que aborda la convivencia con educación y acompañamiento en terreno.

La idea toma como modelo las patrullas de los centros de ski: ciclistas con experiencia, respetados por la comunidad y que conocen bien el cerro, recorren en bicicleta los puntos críticos en los horarios de mayor afluencia.

Su tarea no es multar. Advierten riesgos, orientan a quienes suben por primera vez, median en eventuales roces, prestan primeros auxilios e informan a Parquemet sobre incidentes y problemas de infraestructura, lo que generaría datos que hoy no existen. No son inspectores: no sancionan ni piden identificación. Pero sí usan un uniforme reconocible, porque la lógica es la inversa del chaleco: se identifica a quien ayuda, no a quien pedalea.

El modelo tiene antecedentes. En Estados Unidos, la National Mountain Bike Patrol funciona desde 1994, y aquí cerca el Parque Bicentenario de Vitacura tiene hace años un programa de Anfitriones de inspiración similar con buenos resultados. La Mesa propuso partir con un piloto acotado, con una formación diseñada junto a Parquemet y organismos expertos, evaluarlo antes de ampliarlo y acompañarlo de mejoras en los puntos críticos ya identificados.

Tras enviarla, la Mesa fue citada a una reunión con Parquemet donde también participó un representante del Ministerio del Deporte, lo cual desde la Mesa vemos como una muy buena noticia. Allí se valoraron varios elementos de la propuesta, pero se insistió en el registro, aunque se buscó moderar propósito sancionatorio. La Mesa volvió a expresar su rechazo, fundamentalmente porque se mantuvo su carácter obligatorio. Se acordó seguir dialogando, pero el chaleco sigue sobre la mesa.

Cuando la justificación cambia cada vez que la medida es criticada, y las propuestas de quienes conocen el problema se reciben con elogios, pero sin cambiar nada, queda en evidencia que no hay un diagnóstico serio y, por supuesto, se desfonda la medida con la que se empecinaron.

Lamentablemente, la injustificada ofensiva comunicacional del ministro está dificultando la colaboración que, con buena voluntad, han impulsado la Mesa de Ciclistas y Parquemet. Sabemos que esa colaboración puede ser fructífera, siempre que no se ensucie con declaraciones mediáticas sin fundamento.

Si el objetivo es mejorar la seguridad, hay mejores preguntas que hacer antes de elegir una solución: dónde ocurren los incidentes, por qué ocurren, qué conductas los explican, qué infraestructura contribuye a ellos y qué medidas han demostrado funcionar.

Si el objetivo es el aplauso, el chaleco es perfecto.

Solo que, como ocurre con tantas medidas pensadas para la galería, puede terminar sirviendo más para la foto que para la convivencia en el cerro.

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Etiquetas: , , Last modified: octubre 18, 2026
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