#60Mata: El llamado de la sociedad civil organizada a calmar el tránsito

Por Amarilis Horta Tricallotis
Directora Centro Bicicultura, Presidente COSOC Subtrans

 Chile es un país acosado por la velocidad, vamos y estamos siempre atrasados, apurados, ansiosos, impacientes. El tiempo que nos toma llegar a casa y a cualquier destino, crece inexorablemente, y el viaje se vuelve más agotador y estresante. Esa realidad la vivimos transversalmente en todo el arco social, cultural y político, atrapados en un bus, en un citycar o 4×4. Y es que cada año entran 350.000 nuevos autos a las calles, conducidos por personas que también querrán huir del taco rápido, para llegar veloces a quedarse pegados en el siguiente semáforo. Las mediciones echan por tierra toda ilusión de que en horarios de cierta congestión podamos llegar antes, acelerando todo lo que sea posible entre intersecciones. Con esta práctica se ganan  entre 1 y 2 segundos por cuadra y el tiempo total de viaje se reduce una insignificancia, porque en ciudad, con congestión, se pasa más tiempo detenido y frenando que rodando. Similar es en el Metro y en veredas congestionadas, y ya tampoco se salvan las ciclovías. Transantiago continúa esperando le asignen pistas exclusivas atrapado en el taco (buses) o con niveles de hacinamiento agotadores (metro). Es difícil evitar esta pulsión de acelere colectivo, que a mayor congestión más se exacerba, y hasta el más pacífico ciudadano se vuelve por momentos agresivo. Así las cosas, la opción individual de resistirse y no correr, es socialmente mal vista y castigada.

El costo en salud de este aceleramiento es enorme. Están los mal llamados “accidentes”. Tenemos el más alto número de personas fallecidas por siniestros viales, entre todos los países de la OCDE[1], y una de cada 3 personas que quedan con secuelas de por vida, es un niño-niña de menos de 14 años. Cada día, por el solo hecho de salir de nuestras casas, corremos el riesgo de ser una de las 5 personas que morirán en las calles, víctimas de la velocidad. La velocidad es causal de prácticamente el 100% de los muertos y heridos graves del tránsito. El alcohol, drogas, somnolencia, distracción, podrán ser sus detonadores, pero siempre que hay muertos y heridos graves, es porque el vehículo los impactó a una velocidad letal. Los vehículos detenidos no matan y a baja velocidad solo muy excepcionalmente. Contrario a lo que se piensa, la mayoría de las víctimas son ocupantes de autos pequeños, sin cajuela protectora, luego vienen los peatones, los motociclistas y por último los ciclistas. Y si hablamos de costos en salud, crece la información y estudios sobre las repercusiones que tiene este aceleramiento y agresividad generalizada sobre la salud personal, el sistema nervioso y el sistema inmunológico por estrés, ansiedad y frustración.

Pero también están los costos ambientales que genera este estilo de conducción: aumento en el consumo de bencina y emisiones, polvo en suspensión de neumáticos en constantes frenazos, mayor ruido, elevación de la temperatura ambiental de la ciudad, por mencionar sólo algunos.

Pareciera no haber forma de cambiar esta situación y eso nos ha llevado como sociedad a ignorar y a naturalizar las muertes de tránsito, considerándolas como fatalidades del destino, en que simplemente “le llegó la hora”. (Podríamos preguntarnos qué piensan los padres y los hijos de los fallecidos al respecto).

Aún somos pocos los que nos damos cuenta de la tremenda oportunidad que representa la reducción y fiscalización de la máxima a 50 Km/h en nuestras ciudades. Primero y en lo inmediato, porque se trata de un umbral clave, que siendo aún muy alto, permite una drástica reducción en la ocurrencia y gravedad de los accidentes (reducción de 85 a 60% de víctimas fatales). Pero sobre todo por lo siguiente: exige a conductores de potenciales armas de destrucción y muerte que se conducen cargadas, de vehículos capaces de desarrollar altas velocidades, a una actitud de conducción controlada, atenta a la velocidad, a los otros conductores, a las condiciones del tránsito y la vía, les permite anticiparse a los semáforos, disminuyendo y aumentando velocidades de manera más gradual y fluida, en suma un mucho mayor control de esa arma mortal, y romper de una vez por todas con el círculo vicioso y nefasto de correr y frenar entre intersecciones.

Considerando los tipos de viaje y no las personas, tenemos que en Chile 1/3 de ellos se realiza en transporte público, 1/3 en transporte privado[2] y 1/3 a pie y en bici. La cantidad de viajes en bici se ha venido duplicando cada 4 años y en los últimos 5 se han importado 4,5 millones de bicicletas. Basada en la tendencia podemos estimar que actualmente se realiza alrededor del 7% de los viajes en modo bicicleta, a pesar de la ausencia de facilidades, de la informalidad y desprotección del modo, en ciudades de conducción tan acelerada y violenta.

Otorgar mayor seguridad en calles y avenidas a ese 7% de seres humanos que se mueven en ciclos, sin congestionar ni contaminar, es una obligación de Estado y la única opción realista para lograr que no crezca el conflicto que se da en algunos lugares céntricos entre peatones y ciclistas por el uso de veredas. La oportunidad de expandir este modo a nuevos públicos, a escolares y personas mayores está en relación directa con el calmado del tránsito.

La Ley de Convivencia Vial debe ser aprobada íntegramente, con su componente de reducción de velocidad máxima en ciudad y la Red Ciudadana por la Convivencia Vial, abierta a nuevas adhesiones y en constante crecimiento, no descansará hasta lograrlo.

 

 

[1] Por cada 100.000 habitantes.

[2] Automóviles, taxis y motocicletas.