Día Mundial Sin Autos: Lo mínimo que podemos hacer por el planeta y por nuestras ciudades.

Por Gonzalo Stierling Aguayo, fundador Fundación CicloRecreoVía

A fines de septiembre, cada año, se celebra a nivel mundial y también en Chile, el Día Mundial sin Autos (DMSA), una fecha que, para un número creciente de países y personas en todo el planeta, tiene absoluta validez y sobrada razón de ser.

No obstante, hay que reconocer que, aún a estas alturas, para muchísimas otras personas, esta celebración (que en Chile se conmemora el último viernes de septiembre de cada año), les produce indiferencia o, incluso también, hasta rechazo, mientras que otros la ven, en el mejor de los casos, con profunda extrañeza, pues la juzgan como una celebración sin sentido, algo así como si se celebrara el día sin sillas o el día mundial sin bufandas.

Por ello, una vez más, vale la pena recalcar no solo el sentido, sino también la urgencia y plena justificación de celebrar un Día Mundial sin Autos, aunque ello, en pleno siglo XXI, nos parezca a muchos tan innecesario y redundante como reiterar lo dañino que es el tabaco para la salud.

Partamos diciendo que prácticamente para la totalidad del mundo científico (ecólogos, biólogos, etc); para los expertos en transporte y también para los estudiosos de la vida en la ciudad (urbanistas, geógrafos, sociólogos), el proyectar y proponer ciudades sin autos o con menos autos -y no solo por un día, sino que ya de manera permanente-, es algo absolutamente necesario y ya inaplazable.

Celebrar un DMSA no solo no es descabellado o exagerado, sino que más bien es lo contrario: es lo mínimo que podemos hacer para llamar la atención sobre las modalidades de transporte que ya, ineludiblemente, debemos ir reemplazando y abandonando para, entre muchos otros ámbitos, afrontar la crisis ecológica, abordar los gigantescos desafíos del transporte y revertir el creciente deterioro de la calidad de vida en la mayoría de las urbes.

Si nos concentramos en este último punto -la calidad de vida-, el DMSA resulta enormemente importante, significativo y determinante porque, cuando este día se celebra limitando efectivamente la circulación de autos en la ciudad (en una parte o en toda ella), ello implica ofrecer a la ciudadanía una oportunidad casi única que permite vivir, experimentar y descubrir lo mucho más atractiva, vibrante, limpia, eficiente, pacífica y agradable que es una ciudad cuando no se ve agobiada y condicionada por el intenso e incesante flujo vehicular motorizado.

Ese “descubrir” aquello a lo que estamos renunciando cada día, todos los ciudadanos que vivimos en ciudades donde el auto domina, es, sin dudas, la más potente y transformadora consecuencia de vivir un Día Mundial sin Autos.

En cuanto al transporte, el DMSA tiene el mérito de “forzar” a los automovilistas a tomar el transporte público, o a subirse a una bicicleta, o a caminar, lo que permite que los conductores se den cuenta (particularmente un día en que hay menos automóviles) de que el transporte público es más rápido, eficiente y menos peligroso de lo que pensaban; que la bicicleta es un medio de transporte magnífico, energizante y más rápido que el auto en distancias cortas e incluso medias (particularmente en horas punta) y que caminar es una opción válida y razonable incluso para muchas cuadras.

Por otro lado, el Día Mundial sin Autos genera un debate en los medios que permite tocar temas y cuestionar conceptos erróneos, muy instalados en gran parte de la ciudadanía como:

A)   “La bencina es cara”: la bencina, en realidad, tiene un precio irresponsablemente bajo, pues lo que se paga por ella no cubre más que una fracción mínima de los costos sociales y ambientales que genera su consumo.

B)   “El auto es rapidez, eficiencia y mejor calidad de vida”: esto es, cada vez, menos cierto. Si bien los avisos de automóviles nos muestran a estos veloces y solitarios en calles y ciudades prístinas y despejadas, la realidad es que hoy un auto se mueve a una velocidad promedio similar a la de una bicicleta y los automovilistas deben luchar, día a día, con cientos de miles de otros dueños de automóviles en calles atestadas y contaminadas.

C)    “Me bajaré del auto cuando mejore el transporte público”: El principal problema del transporte público es su lentitud, problema causado, en gran parte, por un exceso de autos. La realidad es que el transporte público mejorará cuando disminuya la cantidad de autos, no al revés.

D)   “La solución es el auto eléctrico y/o autónomo (o Uber)”: esta es, quizás, la más amenazante de las ideas erróneas que el Día Mundial sin Autos  nos debe ayudar a dar a conocer y desterrar. Los autos autónomos o eléctricos no son, en absoluto, una solución a los graves problemas que ha generado el automóvil tradicional, como tampoco lo son las empresas de transporte basadas en aplicaciones, pues en todos estos casos, al final, los kilómetros recorridos tienden a ser más de los que se ahorran y, además, no resuelven y mantienen la gran mayoría de los problemas que los automóviles particulares generan: ruido, siniestros viales, ocupación excesiva de espacio, sedentarismo, contaminación (por quema de combustible y/o elaboración del automóvil), etc, etc.

En concreto, el Día Mundial sin Autos es la oportunidad, cada año, en que podemos volver a transparentar que el automovilista no es una víctima “esquilmada por el Tag” o por el permiso de circulación o por el “alto” precio de los combustibles” sino que, muy por el contrario, todo lo que un automovilista pague es poco e insuficiente para compensar las facilidades que como sociedad le otorgamos. La triste realidad es que los $800 por litro de gasolina y otros tributos que paga el automovilista no cubren, ni de cerca, los daños que conducir un automóvil produce a la sociedad, al planeta y a las ciudades, ciudades donde las verdaderas víctimas son todos aquellos que no dependen de un auto para desplazarse pero que, sin embargo, deben sufrir todas las gigantescas negativas consecuencias ambientales y sociales que se desprenden de su uso.

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