Por Michelle Raposo
“A mi siempre me ha gustado la bicicleta. Soy un fanático de cómo funcionan”, reconoce Rodrigo Cofré al recordar el origen de su proyecto Zero Limits Handbikes. Todo comenzó hace unos 10 años con un encuentro fortuito en el centro de su ciudad. Un hombre en sillas de ruedas discutía porque no podía entrar a una tienda debido a una mala adaptación que le habían hecho.
La curiosidad y las ganas de ayudar, hizo que Rodrigo decidiera intervenir. “Le pregunté si lo podía ayudar para mejorar su silla”. A pesar del escepticismo inicial, el trabajo quedó perfecto, y la persona quedó encantada.
Aquella primera silla tenía unos pedales frontales instalados en un ángulo completamente inadecuado. “Hicieron algo así nomás. A lo mejor tenían muchas intenciones, pero no los conocimientos exactos, y nosotros le mejoramos el sistema”, explica. Ese primer logro abrió la puerta a una realidad poco visibilizada en Chile: “Cuando a uno le gusta algo, lo empieza a ver más. Vimos que tampoco hay mucha difusión o apoyo al deporte para personas con discapacidad, y ahí nos metimos con la handbike”.

Ingeniería accesible
En el mercado internacional del deporte adaptado, los costos de equipamiento resultan prohibitivos para la mayoría de las familias. Una handbike importada para alta competencia puede alcanzar los 8 o 9 millones de pesos. “Valores que de verdad de repente dan risa, porque hasta una barandilla instalada valía como 80 mil pesos”, comenta Rodrigo.
Ante esta barrera, Zero Limits tuvo la motivación para crear soluciones a precios mucho más asequibles, a un 10% o 12% del valor, haciendo exactamente lo mismo. “Algunos me decían, ¿y en aluminio se puede? Sí se puede, pero ¿cuánto va a salir?
La única diferencia es que sube un poco el peso, pero tengo los repuestos, mantención y a la medida que tú necesitas. Siempre nuestro foco ha sido vender accesible”.

En términos técnicos, una handbike traspasa la mecánica del pedaleo tradicional al tren superior. “Prácticamente es como mirar una bicicleta al revés”, describe Rodrigo. “Es una bicicleta que se pedalea con las manos, donde el usuario a la vez que tracciona, direcciona. Va con sus manos girando pedales especiales en cierto ángulo, cosa que sea súper cómodo para generar fuerza y avanzar. Tiene cambios, freno de disco y un bajo centro de gravedad para dar buena estabilidad”. Aunque requiere un gran esfuerzo físico —”de verdad que es cansador, hay que tener harta fuerza, pero para el ejercicio de cardio es espectacular”—, entrega una autonomía inédita: “La ventaja acá es que pueden cubrir grandes distancias y a una velocidad considerable, porque es igual que una bicicleta, tiene cambios y transmisión que les permite subir y bajar sin problema”.
Esta alternativa busca impulsar la base del deporte adaptado, sirviendo como plataforma de entrenamiento previo a la alta competencia. “Aquí en Concepción no he visto ninguna, y resulta que hay chicos que fueron a participar a Colombia. Yo le decía a uno de los entrenadores. Les paso una, si quieren la chocan, hagan lo que quieran con ella, pero practiquen y mejoren los tiempos”. La idea de Rodrigo es que con esas prácticas los deportistas se puedan presentar al Senadis o al Gobierno para postular a una silla más “Fórmula 1”.
Turismo inclusivo y nuevos horizontes sobre ruedas
Más allá del rendimiento deportivo, Zero Limits también ha puesto un fuerte énfasis en la recreación al aire libre mediante un modelo híbrido que une una bicicleta con una silla de ruedas. “Por la parte turística queremos dar un empuje a la promoción. Hago un modelo donde junto una silla de ruedas con una bicicleta para cubrir grandes distancias”, explica. Este diseño permite integrar a personas con movilidad reducida severa o tetraplejia: “Ahí sí tenemos la opción de que nos podemos pasar de una persona amputada hasta alguien que queda tetrapléjico y no puede mover nada. Los pueden trasladar, salir a turistear y disfrutar del aire libre gracias a la silla acoplada a la bicicleta”.
El taller funciona en Chiguayante y es operado íntegramente por Rodrigo en sus tiempos libres, alternando con su trabajo principal. “Trabajo en montaje industrial en el norte, fabricando y calculando cosas todos los días, por eso no se me hace difícil. Y en el tema familiar tenemos un centro terapéutico para niños neurodivergentes en Concepción, así que a todos nos interesa el trabajo social”, relata. Fiel a ese compromiso, Rodrigo no cobra por piezas reutilizadas: “Si me regalan una bicicleta, yo hago simplemente la adaptación y el resto es gratis, para no cobrar por algo que a mí no me ha costado nada. Si pudiera lograr vivir de esto, viviría feliz y trabajaría feliz”.
Para el futuro, Rodrigo busca perfeccionar la aerodinámica de sus handbikes y explora la fabricación de triciclos adaptados para running, inspirándose en modelos de ruta donde una persona corre empujando a un acompañante en un triciclo firme y aerodinámico. Todo esto lo desarrolla de manera personal en su taller: “Trabajo solo, soy medio ogro con mis cosas”, comenta entre risas. Quienes buscan contactarlo para orientación o proyectos pueden hacerlo a través de su cuenta de Instagram, consolidando un proyecto que sigue pedaleando por la inclusión sobre el asfalto nacional.





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