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Rehacer las ciudades

El título de este reportaje pueden leerlo como afirmación o pregunta. Nos gustaría más que fuese lo primero, pero también sabemos que hay grandes voces que pueden ayudarnos a responder esta inquietud e, incluso, orientarnos sobre cómo hacerlo mejor y por qué es tan vital que esta interrogante sea una verdad a coconstruir. Con distintas voces, géneros, edades, miradas, alturas, oficios y experiencias, como personas que habitan la ciudad.

Por Daniela Suau Contreras
Periodista, activista movilidad sustentable y feminista

Crear asentamientos habitables y vivir en comunidad, debe ser una de las necesidades más primigenias de los seres humanos, una vez que dieron paso de la vida nómade a la sedentaria. Hicieron ciudad, porque había que darle forma a sus vidas, generar espacios de encuentro, llevar acabo acciones comerciales, de salud, dar espacio a la actividad política y un largo etcétera. Así nacieron las calles y los barrios, la plaza y el espacio público, todos aquellos lugares donde transcurre nuestra vida fuera de nuestras casas.

Sin embargo, en algún momento, en el que las y los especialistas no siempre coinciden, las personas quedamos fuera de la ecuación sobre cómo hacer ciudad. Coincidencia o no, el capitalismo, las ideas modernistas de algunos urbanistas, junto a la irrupción del automóvil y la perspectiva de segregación en las urbes, instauraron un paradigma donde lo funcional ganó por sobre la experiencia de quienes las habitan.

Los conceptos de eficiencia, productivismo y velocidad, se tomaron las metrópolis, se invirtió la fórmula y ahora las ciudades pasaron a dar forma a nuestras vidas bajo este nuevo modelo y, con ello, desaparecieron muchos de los espacios que antes nos hacía sentido habitar.

Pero no todo está perdido y la experiencia tras la crisis sanitaria mundial que hemos vivido en 2020 puede ser una oportunidad de replantearnos, de reflexionar y de rehacer. Si no aprendemos de los peores momentos, entonces cuándo.

Espacio público
Las definiciones más conocidas señalan que el espacio público es el lugar común de la ciudad, de todos los ciudadanos y ciudadanas, fuera de lo que se conoce como el espacio privado al interior de nuestras casas. Sin embargo, para Valentina Pineda, geógrafa ecofeminista e integrante de Ciudad Feminista, hay una falsa dicotomía entre lo público y lo privado: “Una dualidad en clave patriarcal donde los imaginarios de la ciudad se fragmentan en un ‘espacio afuera’ de las viviendas, como el espacio productivo, de trabajo remunerado, lo racional, el mercado, el Estado y el poder, que ha sido dominado por lo masculino. Y un ‘espacio dentro’ de los hogares, o espacio ‘privado’, de lo doméstico, los cuidados, el trabajo no remunerado y emocional, que ha sido relegado a las mujeres”.

Para la especialista, lo vivido a raíz de la crisis por el covid-19 no es una sorpresa, sino una agudización de algo que ya se venía denunciando hace mucho tiempo: las ciudades están siendo incapaces de mantener la vida y de poner la vida en el centro. Esto es una demostración fehaciente de que no estamos haciendo las cosas bien. “Además de un modelo capitalista-neoliberal y patriarcal, la ciudad también es tremendamente insostenible, porque supone una enorme cantidad de bienes comunes para existir y funcionar, lo que se traduce –entre otras cosas- en problemáticas como el cambio de uso de suelo. No somos capaces de mirar el territorio de manera integral y situarnos desde su geografía, ¿cómo es posible habilitar un área para construir que esté sobre una falla tectónica?, ¿cambiar el cauce o encauzar un río o canal porque considero que su forma natural no me conviene?, ¿modificar su vegetación y poner en riesgo su biogeografía porque hay plantas que son más eficientes, pero que requieren una cantidad de agua insostenible?”, afirma.

En un país con una baja movilidad social y una alta desigualdad, como Chile, donde el 1% de la población acumula el 25% de la riqueza, evidentemente el impacto del coronavirus ha sido más devastador para la población con menos ingresos. Como resalta Valentina, no todas las personas pudieron mantener sus trabajos y mucho menos ejecutarlo de manera telemática, hubo quienes tuvieron que moverse. “Ni la cuarentena pudo detener la movilidad, porque el sistema completo no prioriza ni asegura la vida ni su sostenibilidad en el tiempo y esto es lo que ocurre en nuestras ciudades. Quedarse quieto pone en riesgo tu abastecimiento porque depende de una remuneración y ésta, para muchos, fue eliminada”.

Una de las preocupaciones a nivel mundial respecto a los espacios públicos –pensando en reducir los contagios-, tiene relación con evitar aglomeraciones, pero si mantenemos los mismos espacios que utilizábamos previo al covid-19, según la geógrafa ecofeminista, es inviable. “La masividad podría ser mejorada si es que el espacio que se destina es mucho mayor. Hay veredas que no poseen más de un metro de ancho o que se encuentran en pésimo estado, rutas inconexas o que son inseguras porque son poco visibles o están poco iluminadas. Ni hablar de la accesibilidad universal. Una acera segura para las personas debe ser lo suficientemente ancha, visible, iluminada y de fácil acceso para todos, ya sea que caminen a ritmos diversos o se movilicen mediante una silla de ruedas, que vayan acompañadas o lleven un coche, entre muchas otras posibilidades”.

Transporte público
El problema que emergió con mayor fuerza, tras la crisis sanitaria por el covid-19, fue el diseño de ciudades centradas completamente en el auto, opina Jeanette Orozco, arquitecta y magíster en Proyecto Urbano. “En una ciudad tan segregada como Santiago, se complementa, además, con sectores que están desprovistos de servicios, con malas redes de transporte público e incluso malas veredas. Siendo muchas veces sectores que albergan a los usuarios cautivos del transporte público, es decir, que no tienen opción de utilizar otro modo alternativo. De alguna forma, ellos tendrán que pagar las consecuencias de las calles atestadas de autos al ir hacinados en el taco y por vías que no cuentan con infraestructura mínima para circular, como son las pistas solo bus”.

Si bien la lógica para evitar saturar las ciudades apunta a fomentar el uso de medios sustentables, como el transporte público, ha ocurrido una suerte de demonización de este medio. Esto, pese a que no hay evidencia concluyente que demuestre que es más inseguro que ir al supermercado o cualquier otro lugar con mucha afluencia. Ante esto, para Jeanette Orozco, el mayor desafío es “evitar la fuga de usuarios no cautivos de transporte público hacia el automóvil particular. Pueden pasar años hasta que esos usuarios vuelvan y por mucho que queramos que se sumen más al sistema, sin una fuerte promoción desde el Estado es difícil que eso ocurra”. Su mayor preocupación –agrega- es que “puede haber un incremento de viajes irracionales de menos de 5 km que perfectamente pueden hacerse en otros modos y eso acaba por impactar a todo el resto de los actores”.

La profesional señala que lo idóneo sería una optimización de la planificación y gestión de flota de modo que podamos disponibilizar la mayor cantidad posible de buses y trenes. “Es clave revisar los planes operacionales vigentes y también los subsidios asignados a transporte público. Si bien estas medidas no son inmediatas, son la base sobre la cual funciona todo el sistema. Cualquier medida que se tome en pro del transporte público, especialmente el de superficie, debe complementarse con otras medidas que ‘liberen’ espacio ocupado por autos, ya sea vía restricciones, tarifas o cierre de calles”.

En términos metropolitanos, considera que se debe asegurar una oferta sensata tanto de buses como de trenes. “No tiene sentido pedirle a la gente que se cuide tanto, si el Plan Operacional define que en hora punta haya pocos buses o trenes: eso generará hacinamiento al interior y desconfianza en los usuarios. Eventualmente, esto implica que necesitaremos más conductores o personal en las empresas, pero es importante entender que los principales esfuerzos deben venir de la operación en sí. Sobre eso recién podemos hablar de medidas complementarias: limpieza de buses, instalación de dispositivos que permitan una efectiva renovación del aire, tecnologías antimicrobianas, sanitización, etc. Y por supuesto, insistir en las medidas de autocuidado que serán más efectivas sobre una operación enfocada a prevenir los contagios masivos”, afirma Jeanette Orozco.

Movilidad
Pensando en términos de movilidad, para Alba Vásquez, socióloga, máster en Filosofía y candidata a doctorada en Territorio, Espacio y Sociedad, pensar en rehacer ciudades es una invitación a pensar de manera diferente en cómo vivimos y cómo abordamos la vida urbana.

“El evidente fracaso de nuestra forma de vivir, nos enseña que hay que correr la frontera y ser capaces de pensar de manera diferente. La perspectiva de movilidad nos amplia la mirada de la movilidad urbana, centrada en viajes y modos, a pensar que vivir en ciudades es vivir en movimiento, por lo que la forma fragmentada de pensar en el diseño urbano nos trae consecuencias tan graves como las que hemos enfrentado en la pandemia. Si no pensamos la ciudad como un todo, seguiremos enfrentando desafíos en diferentes escalas, siempre desde la fragmentación. Pensar el movimiento es remover barreras físicas, para entender que somos las personas quienes nos movemos, y es ahí donde hay que poner la atención”.

La perspectiva “auto-centrista”, por ejemplo, beneficia mayoritariamente a hombres, pues son los que más utilizan el automóvil privado, lo que deja en desventaja en términos de inversión y políticas públicas, a otros grupos de la población que pudieran elegir modos más sustentables de moverse. Sin embargo –afirma Alba-, las precarias condiciones de la infraestructura urbana, asociada a la evidente inseguridad para las mujeres en sus desplazamientos por el espacio público por posibilidad de acoso callejero o violencia, es un desincentivo a utilizar modos más sustentables, como la bicicleta o la caminata, cuando no existen condiciones de seguridad para los desplazamientos. En este sentido, es importante considerar la posibilidad de alternativas en los modos, pensando no solo en condiciones de infraestructura, sino también en las percepciones y afectos asociados a la movilidad, que dan forma a nuestra relación con la ciudad.

En cuanto a la perspectiva de género, Alba considera que nos ha evidenciado que la movilidad es mucho más que moverse de un punto a otro, en horarios punta. “Si se observa con perspectiva de género, hay diferentes patrones de movilidad, lo que nos evidencia un entramado de viajes más complejo. Es más que evidente que actualmente el foco está puesto en viajes en horario punta, de la casa al trabajo y viceversa. La perspectiva de género nos muestra que la movilidad urbana es más complejo que aquello, cuando se nos hace evidente que el cuidado, de otros y de sí mismo, complejiza la forma en que pensamos la movilidad”.

Vivienda
Uno de los mayores aprendizajes, según Geanina Zagal, máster en Estudios de Género y candidata a doctorada en Geografía, debe ser cuestionar los regímenes de propiedad privada que tan fuertemente se consolidan en la actual Constitución. “Debemos avanzar a la obtención del derecho a la ciudad desde una perspectiva feminista. Esto es poner la vida en el centro y articular ciudades que retomen el valor comunitario de la ciudad”.

Considerando que la pandemia develó la vulnerabilidad de quienes viven en condiciones precarias como campamentos y viviendas sociales de baja calidad, o en situación de hacinamiento y con escaso acceso a una atención de salud oportuna, la integrante de Ciudad Feminista considera que uno de los mayores desafíos a resolver es la problemática asociada al aumento de los campamentos que hemos visto tras la pandemia.

“El empleo informal se ha visto fuertemente golpeado, empobreciendo más a los más vulnerables, quienes han debido dejar sus casas o que simplemente ya no soportan los niveles de hacinamiento que impone el covid-19. Garantizar el derecho a la vivienda por el sólo hecho de vivir en Chile, sin importar el origen racial, étnico o género, es un desafío tanto para los movimientos sociales como para el mundo académico que más tarde diseña política urbana”, afirma la profesional.

Considerando que muchas personas ni siquiera tienen acceso a una vivienda ni a agua potable, Geanina Zagal considera que es interesante observar cómo tras las crisis económicas, el sector de la construcción se instala como una especie de salvador económico de la sociedad y, sin embargo, no se cuestiona cómo densificamos y verticalizamos nuestras ciudades. “Construir edificios de 32 metros cuadrados en barrios sin servicios, sin conectividad con el resto de la ciudad, ni infraestructura adecuada, es seguir perpetuando la desigualdad”.

Hoy más que nunca, a su juicio, es importante considerar cómo logramos que al diseñar las viviendas éstas dialoguen con la ciudad. “Las casas son parte fundamental de las ciudades, por lo tanto, lo que ocurre dentro de ellas importa también a la planificación urbana. Diseñar barrios para una vida libre de violencia de género implica dejar de considerar la vivienda como algo cerrado, y verla en diálogos con barrios que cuiden a niños, niñas y adultos mayores. Cuando las ciudades sustentan el cuidado se vuelven más justas y mejores para toda la sociedad”.

Salud
Mientras no tengamos vacuna, Christian García, médico y doctorado en Salud Pública de la Universidad de Pittsburgh, afirma que mantendremos varias medidas actuales: “Hemos aprendido a mantener la distancia, el lavado de manos, uso de alcohol gel, mascarillas, evitar saludos de besos y las vamos a incorporar al menos en las temporadas de invierno. Algo que antes veíamos casi de manera burlona de los países asiáticos, son prácticas que se van a utilizar y van a ayudar a las personas a evitar contagios”.

Otros hábitos que van a quedar, serán “el teletrabajo y la teleeducación que van a permitir una dinámica distinta e impactan la salud de distintas formas. Hoy estamos viendo esa mezcla entre hogar y trabajo, dos mundos en un mismo espacio, que aumenta el estrés y en muchos casos hace trabajar más. Vamos a tener que estar viendo y evaluando cómo impacta en la salud de las personas, especialmente la mental”, dice García.

Lo más relevante, a su juicio, es la oportunidad para el rediseño de nuestras ciudades, teniendo en cuenta que los traslados pueden ser una vía de estímulo de ejercicio y de una vida saludable, de caminata o andar en bicicleta. En ese sentido, una buena medida sería cerrar algunas vías secundarias al traslado de automóviles, para que se puedan desplazar ciclistas de manera segura. “Quizás también debiésemos empezar a pensar en restringir de manera importante el uso automóvil en ciertas zonas en ciertos radios urbanos, como pasa en otras ciudades del mundo”, afirma.

Un plebiscito sin distinciones
El médico experto en salud pública asegura que el plebiscito también es parte de la oportunidad de replantearnos lo que queremos, de redefinirnos como país y como sociedad, pero afirma que hay que tener ciertos resguardos ante el contagio.

“Es un proceso largo que tiene que ver con armar todo lo necesario para los lugares de votación. Mucha gente en poco tiempo se va a juntar en los centros de votación, por lo tanto, la gestión va a ser fundamental: tener delegados sanitarios en cada uno de ellos, que aseguren las condiciones que deben existir, como la distancia, el uso de mascarillas, no compartir los lápices, proteger a adultos mayores, asistencia a aquellas personas que puedan estar enfermas o a los vocales. También va a ser fundamental asegurar el acceso a los lugares de votación, como el transporte público, manteniendo la menor cantidad de gente en buses y vagones, y aumentando la frecuencia”.

Otra consideración a tener será el conteo de votos que, por tradición y transparencia, se hace a viva voz, momento en el que se aglomera mucha gente para certificar la validez, por lo que se debe definir cómo se resolverá eso ahora.

De cara al proceso de votación popular de octubre, García reflexiona que es esencial garantizar el voto de las personas, porque se contraponen dos derechos importantes: el derecho a votar y el derecho a la salud y a la vida. “Es importante que las autoridades y no solamente el gobierno, establezcan claramente y cumplan con las condiciones para prevenir infecciones, asegurando que las personas que tengan covid-19 y que estén en buenas condiciones, no hospitalizados, por supuesto, puedan ejercer su derecho a voto. Hay un montón de formas, como lo hacen en otros países, desde electrónica hasta correo certificado, pero es importante que por el hecho de estar enfermo y tener una infección, no sean negadas de un derecho fundamental”, concluye el profesional.

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