Escrito por: 7:47 pm Actualidad

El Derecho a la Ciudad Ciclista

«La bicicleta se ha utilizado durante décadas como herramienta para la igualdad de género, la dignidad económica, la seguridad en las calles, la lucha contra la crisis climática y el fin del racismo sistémico».

Por Bycs

Solo es suficiente ver las imágenes de las protestas ciclistas en Santiago o en Nueva York para comprender el poder que puede tener la bicicleta a la hora de reclamar espacios para la expresión política y la vida pública. Esta forma de movilidad está profundamente relacionada con el derecho a la ciudad. Mucho más que la libertad individual de acceder a los recursos urbanos, es un derecho a cambiarnos a nosotros mismos cambiando la ciudad y promoviendo el cambio social. La bicicleta se ha utilizado durante décadas como herramienta para la igualdad de género, la dignidad económica, la seguridad en las calles, la lucha contra la crisis climática y el fin del racismo sistémico. Por lo tanto, un análisis más detallado de los movimientos que han incorporado el uso de la bicicleta y la justicia social puede arrojar luz sobre el potencial de las ciudades para convertirse en verdaderamente equitativas desde el punto de vista socioespacial. También puede ayudar a eliminar conceptos erróneos y a replantear qué tipo de prácticas ciclistas son deseables, tanto como formas de movilidad como de anclaje social.

Desde los albores de la urbanización, nuestras calles y plazas públicas han sido conductos de expresión política y lugares de contestación frente a la opresión y la injusticia social. Sin embargo, el advenimiento del capitalismo industrial, que desencadenó una ola de privatización urbana y motorización masiva, ha ejercido una presión extrema sobre la vitalidad de nuestras calles, plazas públicas y espacios políticos de nuestras ciudades. Ya en los años 70, Richard Sennet deploraba «La caída del ser humano público«, pues los habitantes de las ciudades habían perdido su conexión en el aislamiento de los rascacielos y los vehículos privados. La vida en la calle se ha transformado, en su mayor parte, de un lugar de interacción sensorial y corporal entre desconocidos en espacios únicamente transitorios y «muertos».

La bicicleta tiene el potencial de «frenar» nuestra obsesión por la velocidad y las ciudades de alta energía, a la vez que pone en primer plano las cuestiones interseccionales de la justicia urbana. Ivan Illich capta sucintamente este sentimiento cuando escribe «la democracia participativa exige una tecnología de baja energía, y las personas libres deben recorrer el camino hacia las relaciones sociales productivas a la velocidad de una bicicleta». Vincular esto a una nueva visión de la «ciudadanía ciclista» que ha propuesto Rachel Aldred, podría transformar la imagen restrictiva del individuo en la sociedad como consumidor neoliberal y del ciudadano concebido principalmente en términos políticos nacionales y formales, hacia una visión de individuos dentro de una comunidad que responden a las cuestiones medioambientales, se cuidan mutuamente, están arraigados en su localidad y responden con apertura, tolerancia y curiosidad a su entorno social.

Si queremos elaborar una visión transnacional inclusiva de la ciudadanía ciclista que permita el acceso a las movilidades bajas en carbono a personas de todas las razas, etnias, géneros y discapacidades, el principio de las movilidades justas es un punto de vista fundamental. Esto no sólo implica formas de planificación más participativas y un sector del transporte más representativo, sino la redefinición de la investigación y la planificación del uso de la bicicleta desde una perspectiva geográfica y sociocultural. Paola Castañeda ha destacado, por ejemplo, cómo el hecho de dirigirse a las ciudades del Sur podría permitir el cultivo de diferentes tipos de ambiciones y normas mundanas para el ciclismo, enmarcando la inclusión social como un punto de referencia para la política de transporte inclusivo en lugar de, o además de, conseguir que más personas vayan en bicicleta.

Como organización con sede en Ámsterdam, nuestra historia nos ha hecho creer en el poder de la sociedad civil como motor del cambio social. Sin embargo, en el contexto de las historias coloniales y las valoraciones eurocéntricas de las culturas ciclistas holandesas, es nuestra responsabilidad mantener y ampliar las enseñanzas de geografías y culturas más diversas en lugar de confiar únicamente en nuestra experiencia local y exportarla. En todo el mundo, los activistas están desempeñando un papel clave en la promoción del ciclismo como herramienta contra la injusticia social, y tienen mucho que enseñarnos sobre nuestras propias sociedades. Ya sea fortaleciendo comunidades en el Líbano, luchando contra la violencia policial y el racismo sistémico en EE.UU., dando forma a ciudades feministas en Argentina o descolonizando las «mejores prácticas» del ciclismo en América Latina, miembras y miembros de la sociedad civil internacional están ampliando las fronteras del ciclismo para la transformación social, y deben ser celebradas.

Bycs es una ONG global con sede en Ámsterdam que se guía por la creencia de que las bicicletas transforman las ciudades y las ciudades transforman el mundo. Prevemos un futuro urbano en el que la mitad de los desplazamientos urbanos se realicen en bicicleta para finales de la década. Para ayudar a conseguirlo, fomentamos, reforzamos y ampliamos iniciativas ciclistas dirigidas por la comunidad, esforzándonos por alcanzar esta audaz visión que llamamos 50×30. 

(Visited 65 times, 1 visits today)

Si te gustó, compártelo.

Close